Tiempos nuevos

Esta pandemia que estamos atravesando, nos ha dejado, al menos a mí, impávidos, o impávida. Quizá haya dado menos o más valor a la vida, según se mire. Una enfermera me relataba el otro día que un paciente falleció mientras le atendía. Ese momento debe ser o debería vivirse como único, pues las vidas son únicas, y únicos los pacientes. Lo que sucede es que como hemos traspasado hasta nuestro poder de estar bien o nuestro derecho de bienestar en otros, pues así nos va. Si se me muriese un paciente, aunque ni soy médico ni enfermera, ni nada parecido, respetaría ese momento como algo sagrado. Rezaría, seguramente, y daría tiempo a que el alma abandonase el cuerpo , de ahí que no sea ni médico ni enfermera ni nada semejante.

Ni siquiera mi médico cree en Dios, no me explico, jamás me explicaré por qué o quizá sí, quizá haya visto tanta desgracia que no quepa en una mente privilegiada como la suya creer en Dios. Yo, por mi parte he desarrollado durante la pandemia mi vida espiritual, o eso creo creer o quiero creer.

Somos más que cabeza, mente, y más que cuerpo o corazón, alma.

Eso me gusta pensarlo así pues de lo contrario la vida y la muerte no serían digeribles para mí.

Pero lo malo o lo bueno de la espiritualidad es que no se puede razonar, no son palabras, sino sentimientos sentidos hondamente lo que aquí acaece.

Y la pandemia está cambiando muchos aspectos de la vida o de la muerte. Nos hemos acostumbrado a la muerte y eso es tan malo como acostumbrarse a la vida. Lo suyo sería un término medio. Ni tan vivos ni tan muertos.

La vida, cada vida es única , si he fallado en algo es en darle demasiada importancia intentando vivir lo mejor posible, pues vivimos muriendo, y eso pues duele pero es ley de vida.

Sé que mis pasados sufrimientos a penas han servido sino para que yo mejore, mental y anímicamente. Ante tal mejoría me sucede algo enervante: me doy cuenta del tiempo perdido últimamente. Tiempo perdido en eternas y asépticas salas de consulta. Quizá mi mal resida en que deseo estar bien y eso no exista porque somos muriéndonos un poco.

Así que voy a aprovechar lo que me quede de vida para disfrutar y para aprender. Aprender es algo que me ha gustado siempre. La curiosidad es innata en mí, solo que me pongo demasiados obstáculos par aprender, y el mayor obstáculo como siempre soy yo misma.

Así que ya nadie cree en mi, en mis ansias por ser y serme, quizá ni siquiera yo crea en ellas, de ahí que todo me resulte imposible.

Lo que quiero decir es que esta pandemia me enseña a mirar la muerte como parte de la vida, y puede ser triste o nostálgico pero la muerte se me antoja un nacimiento a la nueva vida, esa a la que vamos con lo puesto.

Es esa desnudez de la muerte lo que me asusta y me conmueve, esa fragilidad corporal, no somos nada, y muchas veces nadie, ante un sencillo coronavirus que nos arrebata la vida.

Pero por ello deseo vivir con más intensidad o más, sencillamente deseo volver. Volver un poco a lo que antes tanto me disgustaba. Ese trasiego lleno de prisas de gente que va y viene a ninguna parte o a todas. Ahora se ve mucha más gente por la calle, pero la mayoría hemos pegado bajón.

Mi bajón se refiere más bien a bajar tres peldaños o más a la realidad, una fría realidad que me deja boquiabierta, pues no hay peor sufrimiento que darse cuenta que no soy nadie.

Sin embargo lucho por serme, y en esta lucha sé que perderé al menos el tiempo, espero que no las fuerzas aunque estas también se marchitarán. En fin, espero al menos una vez desaprendido lo aprendido volver a empezar.

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