Sábado en casa

Un día sabático, estoy en casa, a mi antojo

lo mismo me aburro que un libro cojo

y paseo mi mirada por sus páginas, no de reojo

sino que estoy leyendo

Hoy he acabado el Camino, de Miguel Delibes

Me ha gustado su prosa adjetival, su mirada especial

el personaje de Daniel, el Mochuelo

o Las Lepóridas, me encanta el nombre,

han llegado a lo profundo de mi corazón, cada personaje el Tiñoso, el Moñiga, los amigos de Daniel, la Mariuca, todos me han tocado o su descripción ha evocado días de infantil recuerdo. Y recuerdo que con la edad tierna de los años infantiles, jugaba. Qué bonitos todos los juegos infantiles, la rayuela, la comba, la plastilina, los dibujos, todo. La ternura o la inocencia de la niñez supongo que no se vuelve a repetir o que la llenamos o cubrimos con una adusta sensatez de adultez, pero ser adulto aburre, es aburrido porque uno no puede o bueno, no se atreve muchas veces a llevar la imaginación al extremo. En mi casa , de pequeños, abundaban los barcos de piratas, las casas imaginarias, o las muñecas parlantes o los osos de peluche que tomaban el té o viajaban en una silla con la que yo me empeñaba en poner del revés y darles un viaje a todos mis muñecos. En la calle, la bici era el transporte que te llevaba dónde jugábamos al tenis, y ya lo creo que he jugado al tenis, hasta que mi hermano pequeño me ganó en un partido, y no pude sino golpear con rabia mi raqueta, me salí de mis casillas y entre esas salidas de casillas supongo que me sobrevino la edad adulta, y la magia de los muñecos parlantes o las muñecas que tomaban té, se disipó. No recuerdo el día ni la hora en que dejé de ser niña, bueno, a decir verdad lo recuerdo bastante bien, fue cuando me bajó la primera regla supongo. Mi madre le dijo a mi padre “Ya es una mujer” y ante las enhorabuenas yo sentía una vergüenza enorme. Luego vinieron algunos días en que me quedaba encerrada en el baño y lloraba sobre el frío mármol, por acontecimientos desagradables que sucedían durante el día. Pero fui una niña feliz, porque todos mis hermanos y hermana estaban cerca de mí , yo espero también haber estado cerca de ellos, y de todas formas espero que la infancia me acompañe siempre. Tiene razón Daniel el Mochuelo, al decir que los niños o a los niños se les culpa de todo, quizá jamás fue mi caso, pero desde luego comprendo que el chivo expiatorio de toda edad sea la infancia, pues la juventud es enérgica, la adultez, es la que busca culpables y la senectud la que los olvida.

Lo más duro del libro es la muerte del Tiñoso, o cuando Daniel debe irse del pueblo, cuando, en realidad, es parte de ese pueblo como diría el bueno de don José, el párroco de la iglesia del pueblo.

La historia cuenta la infancia de Daniel, el Mochuelo hasta los once años, pero a mí se me antoja que el tesoro de la infancia no debemos perderlo nunca, la inocencia, la sencillez o la sinceridad, son virtudes que cuando uno se hace adulto desafortunadamente olvida entre capas de polvoriento tiempo.

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