Lluvia grisácea de domingo tardío

Llueve en las calles vacías de la ciudad en la que poso mis pies todos los días. Me gusta esta ciudad, es pequeña y tranquila, un pueblo grande, pero no me gusta su tiempo meteorológico. Es demasiado lluvioso, demasiado húmedo y frío, algo que hace que todos vayamos encorvados y amarrados a nuestros abrigos.

Yo, sin embargo ya he desempolvado mis zapatos de verano, son chanclas con calcetines, es un poco estúpido llevar chancletas con calcetines, pero son tan cómodos que me gusta mi peculiar estilismo. No es que parezca una extranjera en otra ciudad, más bien una paleta en la misma ciudad.

Aún así esta lluvia sempiterna, que escucho al través de mi ventana cerrada, me inquieta. Es como si ni siquiera el cielo sonriera, y por esta parte del mundo, la verdad, le cuesta sonreír al cielo, eso sí cuando sonríe y sale el sol, es increíble.

Una vez escribí sobre galerna, mi galerna de cambio, supongo que no he conocido otra cosa que una galerna, una tormenta interna que me desestabiliza, pero escuchando este reguetón vacío de contenido pero con música animada, me siento estúpida.

Siempre tuve una visión algo inferior de mi, menos mal, si no no me daría por soñar y elevarme por los tejados de la lluviosa ciudad. por sus chimeneas humeantes, donde los pájaros pican las antenas de televisión y las nubes se aproximan a mí.

En fin, espero que en esta tarde de domingo lluviosamente grisácea, pueda aburrirme a mis anchas, que en el fondo es de lo que se trata.

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