Ni ganas de llorar

Hoy solo me apetece llorar, ni siquiera salen las lágrimas, por prudencia, o por miedo o porque simplemente por más que las empuje no salen. Y no salen porque entre otras cosas, no me lo permito, hay gente que está de veras sufriendo ahí fuera, no voy a ser yo la única. Este virus se lleva a todos en silencio, en un silencio atronador, así que me da por llorar, por poner sonido a una situación que nos está dejando mudos.

Desde luego nadie da la talla, salvo todo el personal médico que está luchando contra este virus y para con los pacientes. Toda mi admiración y ruidosos aplausos para ellos. Puede que este virus sea mortífero y nos esté matando de una manera dramática, algo está muriendo, desde luego, la seguridad, las ganas de divertirse y nace el ansia por cambiar.

Por dónde empezamos, si hay tanto que cambiar. Cambiamos desde una perspectiva interna, desde luego, desde dentro nace el cambio y es un proceso cuando menos doloroso. No es una alegría o ningún alivio es sin más un cambio estremecedor, que nos duele y mediante solo ese dolor cambiamos.

Se han ido el padre y la madre de una amiga y un amigo respectivamente, y solo siento dolor. Un dolor que se presenta sordo, ciego y sin ganas ni de llorar. Ni de llorar por quien se va. En lugar del llanto y mezclado con un miedo aterrador, me suben las ganas de rezar.

Rezo de una forma angustiada, asustada, pero rezo. Luego, a pesar que me tachéis de loca, dialogo con Jesús, un diálogo más reconfortante que el rezo mismo, un conversación que me llena como estos escritos y me desahoga como el llanto que no sale.

Estoy conmovida por tantos casos de horrible irse de la gente, sin avisar casi, sin despedirse, sin remedio, sin un grito último, con un suspiro que nos ha robado un virus.

Maldito virus, en mala hora concebido.

En cuanto al cambio creo que afronto la madurez de mis días desde una mentalidad que antes era de niña, pero silenciosamente, de forma callada va dándose cuenta que hay que tener cuarenta años y tenerlos y demostrarlo.

Sí tengo cuarenta años y me siento como una niña aunque ya han pasado las ganas de ser niña. Voy a aceptar mi madurez, como una primavera robada a un otoño que aburre. Porque tener cuarenta años no es ser la aburrida adulta que todos contemplamos, yo también sueño y río, como los niños mismos.

Sin embargo , lejos de reír, hoy las lágrimas no salen, ni aunque las empuje. La música que me acompaña es más o menos alegre, lo que impide el llanto. Ya no hay llanto, sólo en cada mascarilla veo un ciudadano con miedo, con angustia, hoy ni las mascarillas borran las sonrisas de nuestro rostro y ponen un plástico protector a toda expresión.

Supongo que así me siento por dentro, como si una mascarilla evitara cualquier signo de expresión sentimental, como si antes que sentir hubiera que vivir, y de hecho,antes que sentir hay que vivir.

Supongo que lo que guardo, mis pensamientos, mis sentimientos están embotados , mezclados con una prevención que sí que me va a volver loca.

Quiero llorar y ni siquiera puedo permitírmelo, no puedo

Porque otros tienen el derecho incluso del llanto, yo debo agradecer estar aquí detrás de esta pantalla, analizando situaciones que nos dejan mudos,que nos enmudecen y conmueven desde un movimiento que no es tal.

Y ante esta sucesión de días sin sentido, tan sólo deseo , me siento como si no llegar a fin de mes con mis sentimientos, como si nada naciera, nada explotara y todo muriera.

Me siento perdida en una sensación de pérdida horrible que sin perder nada, he perdido todo, he perdido hasta mi capacidad por sentir, estamos en el frente de una guerra sorda, que no hace ruido pero que es estrepitosa.

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