Nunca

Jamás me avergonzó mi realidad, puedes tacharme de exhibicionista loca, pero loca estuve una vez y ni siquiera se puede llamar locura. La locura engloba demasiadas cosas, es un estigma. Yo amé, amé demasiado y me encerré en mi castillo dorado. Ese fue mi error. Nada más. Hoy no siento culpa ni vergüenza por ello, pues el amor que siento y cómo lo siento es tal que puede reventar hasta tu pregunta más incómoda. Puede que estuviera enferma, pero ya curada, veo con estupor que cualquier enfermedad tiene cura pero la idiotez muchas veces no es que sea incurable es que es hija de la ignorancia y por tanto idiota, idiota.

Y me he topado mucho con la cerrazón, la ignorancia, el estigma y el miedo. Pero ahí ha nacido mi sentimiento de compasión hacia quienes no desean entender que una enfermedad no es una maldición sino una carencia o infección por algo.

Que podemos estar enfermos pero nadie es enfermo. Que es duro que te traten como idiota cuando te das cuenta de todo, que es duro pensar que hasta estás pirada, cuando ni siquiera lo estás.

Mucha gente huyó de mi, pero no esperaron a mi recuperación, ahora vuelvo con la fuerza y la dedicación tajantes de tan solo perdonar su idiotez que fue mucha sino quizá por qué no pedir perdón por nada, porque no debo pedirlo, jamás.

Y así seguimos todos nuestro camino, pero jamás olvidaré que un día vi la locura cerca y la derrotamos con amor, ese que sana y cura.

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