El tranvía de los ángeles

El otro día, hace unos meses, hice una travesura que jamás repetiré, fue más que travesura, pero me di cuenta de una cosa: el tranvía que circula por mi ciudad tiene ángeles.

Había quedado yo con un chico que no conocía más que de alguna charla, y tras sucumbir a sus encantos más desencantados, me subí en el tranvía de vuelta a casa.

A la ida, todo era tranquilidad, parsimonia.

Tras mi “delito” me di cuenta que una mujer casi no podría decir qué edad tendría , mediana edad por así decirlo, me miraba fijamente, sabiéndome conspiradora del mal que había cometido.

Desde entonces pienso que no sólo el tranvía, sino toda la ciudad tiene ángeles, esa gente bonachona, o no, pero esa gente que no sé, mira distinto.

Están quienes van sonriendo por la calle, sin otro afán que dibujar un sol en su rostro y de paso en el de los demás. Luego estamos el común de los mortales que o vamos serios y graves,como si andar fuera algo dramático o quienes, como yo, vamos embebidos en nuestros pensamientos e incluso a veces me atrevería a decir que se me escapa alguna que otra palabra.

Por eso me gustan las bufandas de invierno, porque te cubren la cara de forma que puedes “hablar” contigo misma libremente. Muchas veces me enfado conmigo misma por esta costumbre de hablarme , qué pensarán los demás, me interrogo.

La verdad que no últimamente sino siempre me he vanagloriado de que lo que los demás opinen me importa un bledo, peor en el fondo, como a todos, de una forma casi inconsciente, me importa. Me importa en el sentido que esos ojos que me escrutaban en el tranvía parecían reprocharme mis actos. Y no estaba equivocada aquella señora.

Lejos ya de aventuras que son desafortunadas, me quedo un poco conmigo misma. Me quedo con un buen libro, una buena pieza musical, incluso con mi teclado, lo demás lo voy dejando un poco de lado. Y me aparto de estos encuentros porque son denigrantes, para una misma claro. Jamás he sentido tanta vergüenza ajena al verme escrutada, vigilada casi reprochada por aquella mirada.

Otra prueba que los ángeles existen es sencilla. Mi hermano y yo íbamos de pequeños en bicicleta por la carretera, era otoño, pues la carretera estaba plagada de castañas caídas de los árboles abotargados. De repente, en una décima de segundo mi hermano chocó , su rueda de bici era fina, con una castaña y cayó precipitadamente hacia delante.

No podía respirar, se dio contra el manillar. Yo casi sin saber qué hacer grité ¡ayuda, ayuda! y al poco vinieron unas tres o cuatro mujeres más bien jóvenes a ayudarnos. Entre todas , que no dudaron en dar unas palmaditas a mi hermano en la espalda, éste recobró la respiración y yo, de paso, el aliento.

Tengo más anécdotas sobre ángeles y la ciudad.

Recuerdo un día , no muy distinto a cuando éramos pequeños, de hecho íbamos mi hermano pequeño y yo agarrados de la mano, yo se la solía dar en mi misión de protección o, bueno, simplemente porque le quiero. tendríamos diez años, y un señor decía: son novios a lo que otra mujer respondió que éramos hermanos ¿o a caso no había reparado en nuestro parecido físico?

No sé la verdad si me parezco o no a mi hermano, tan sólo sé que le quiero desde el primer día que tengo consciencia de su existencia. Como a todos mis hermanos y hermana, les amo, pero al pequeño, especialmente, pues no en vano soy su hermana mayor. Ahora , a la vuelta de las cosas, él parece mayor que yo por su madurez pero yo, aunque siento algo de envidia por esa madurez, le sigo amando con locura fraterna.

Es curioso cómo se ama a los hermanos o hermanas. Es como una forma incondicional, una forma de amor que nace dese tu primer aliento de vida o su primer aliento de vida, en caso que sean más pequeños en edad que tú.

Pero mi hermano tiene mucho más de ángel que yo. Y con ello no sólo me refiero a su don de gentes, que no le falta, como un resorte se pone a charlar con quien acontezca. Sino que de alguna forma, es más todo que yo. Eso me parece a mi, que he crecido con él hasta sus dieciocho años. Y aún charlamos aunque echo de menos aquellas Navidades en que yo era su porte parôle, su especie de portavoz, quién sabía qué tenía antes de que los demás se diesen cuenta.

Cuando cumplió dieciocho años, decidió irse al extranjero , y allí estudió en la universidad, y aprobó sus estudios. Yo , que en esos momento o durante ese tiempo que se me hizo larguísimo , estaba algo deteriorada, pero no dejaba de preocuparme por él, sin embargo alguien me decía que todo iba bien, y que seguiría él bien.

Hoy estoy preocupada por él porque está en el extranjero, lejos de aquí, sin embargo más que preocuparme , me alegro que haya hecho su vida, por así decirlo.

Tiene hasta una novia bien guapa y un perro bien majo.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s