Vulnerabilidad cotidiana

Mu se arrebuja en una manta rosada, como su oreja pequeñaja, Paris duerme en el lavabo y luego Mu se lo piensa y refugia en las faldas de mi madre.

Es la décima vez que ha pasado lo mismo en el mismo sórdido telediario que mi padre ve sin prestar atención.

Y mi hermana trabaja a gritos en el salón.

Y así dejamos una jornada más atrás en la que algo parece escaparse. Cada día deja no sólo una hoja de calendario arrancada con su frase de postín. Sino que algo se nos escapa si no sentimos.

¡y qué bonito es sentir!

y bailar al son de la música a tope y escribir tragándome palabras que luego tengo que corregir. Me pregunto si no es eso la vida, una gran parrafada en la que vamos y volvemos, borramos y escribimos a nuestro antojo con la imaginación de nuestro corazón.

Me gusta mi vida, y rezo para que nada ni nadie la rompa, pero sé que esa vulnerabilidad es precisamente lo que la hace especial, el que algún día todo se rompa y desvanezca.

Por eso agradezco la cotidianidad de una vida que aunque parece aburrida es magnífica.

Segundo a segundo, hora tras hora y día a día imagino que imagino y creo en una locura voraz por plasmar con tres estúpidas letras que soy feliz, y eso ni la más amarga de las canciones lo podrá arrebatar

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