Mi barquichuela

Como siempre, todo va cayendo, lo hacen las hojas de los árboles, pero esta vez de forma violenta, descargando, lanzando castañas a su alrededor y una de esas castañas acaba en cualquier calzada, abandonada, ya ha cumplido su labor, todo ha finalizado.

Una sensación entremezclada de nostalgia y ardor se arremolina en mi ya marchito corazón. El otoño tiene algo con lo que me identifico, ese marrón claro, casi anaranjado de las hojas desvela otra dimensión. Una dimensión nunca antes vista. El tórrido verano ha dejado su huella y lo dice mi piel que aún no quiere dejar su moreno. Pero la playa y el estío ya olvidados, mi color cetrino invade el reflejo del mi mirada transparente ante un espejo aburrido de mirarme.

Aún así me chifla verme en las pecas de mis ojos, me siento reconfortada, yo misma, estoy ahí, de pie, contemplando mi cara que ya no sé ni cómo es pero que aún así es.

Y mis ojos hablan de desamor y de amor a la vez, son color castaño, o meloso, castaño de castaños o miel, deja traspasar el dolor en cada lágrima derramada desde mis entrañas. Porque he llorado, como mi madre dice, lágrimas de sangre sí, pero también he reído, menos, pero he sonreído y he dejado paso a que mi manzanita faz se asemeje a medio melón de jacaranda bailado. No sé ni qué es jacaranda, pero me encanta la palabra.

Como decía he llorado, tan amargamente que creí confundir la verdad con la mentira y me engañé a mi misma para no sentir dolor. Pero jamás imaginé que podría sentirse dolor del dolor mismo. Así que me ha dolido de doler. El desamor.

Y me pregunto dónde estará la cascada de un gran amigo escritor, químico y que escribe más bonito y precioso que yo, entonces sólo tengo ganas de escribir bonito, pero escribo y ya está.

Por si fuera poco he sufrido recientemente una especie de golpe del destino que ha acabado por abrirme los ojos o eso pienso. Pero los ojos del alma, esos que no se abren más que a castañazo limpio. Y he sentido que todo volvía y del vértigo simplemente he dejado que todo transcurriera, y he vuelto a sentir, pues sentir es mi bandera , amor mi timonel , mi babor es el corazón mi estribor una mente que ni luce. Pero el ancla de mi paciencia me ha hecho llegar a la conclusión, a la isla de una verdad dicha a gritos.

Hay que sufrir, y en ese sufrimiento dejamos mucho de nosotros, tanto que olvido mi reflejo especular, pero aún así confío en mi fe y sigo adelante. Voy como una ciega de mí misma, pero voy. Y por el camino, por el vagar de mi barquichuela sin rumbo, encuentro sirenas, peces de colores inimaginables, hasta enormes tiburones, y muchas veces lucho contra una corriente que marea, así que decido dejarme llevar y todo fluye hacia esa mar que nos engulle.

Pero hay que reírse de lo sufrido o cuando menos de una misma sí, pero mejor de lo sufrido. Porque sufrimos para aprender y aprendemos para darnos cuenta que no somos sino una barquichuela en medio de una oceánica inmensidad, y ante nuestra pequeñez una carcajada fluye , somos nada, pero somos, y esta casi nada que somos me da un poco de risa , pero todo se me torna de un serio otoñal.

Todo cae, caen las lágrimas pasadas que surcan los mofletes descarnados por el llanto, y ya no tengo ni ganas de llorar. ahora permanece la quietud.

He volado, he volado por un cielo que se me antojaba celestial, ideal , platónico y real.

Pero desde mi barquichuela sólo veo las estrellas y de vez en cuando un castañazo me alcanza.

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