Hablando en Cobre

 

María vive en un poblado de chabolas, a las afueras de una gran ciudad. Su marido, Juan, se dedica a lo que surge. Y lo que surge es una nada abonada por miseria , más que pobreza, aunque las ganas de vivir nunca faltan y por sobrevivir tampoco.

El matrimonio, casado por el rito gitano, pues son de raza gitana, tiene cuatro hijos de edades comprendidas entre los catorce y dos años de la pequeña Victoria. Pero la pequeña Victoria necesita muchos pañales y comer, sobre todo comer, para llegar a desarrollarse y convertirse en una adulta sana y salva.

Pero la salubridad y la salvación se escapan en el poblado de chabolas. Están construidas con plásticos y maderas de diverso tipo, robadas a cualquier tipo pero no sin precio. El precio de arriesgarse, el precio de sortear las balas de la policía, el mirar de cara a la muerte para cubrirse con algo, sea lo que sea, pero sin perder la honrilla.

La honra, esa que María tanto intenta conservar educando a sus cuatro hijos, dos varones y dos pequeñas de ocho y dos años. Y María les enseña un poco a desaprender los estereotipos vitales o sociales, las convenciones sociales de que todos presumimos. En la educación de María, gitana de un padrino adinerado, pero desheredada al casarse, caben los libros o más que los libros físicos, los cuentos, la primigenia forma de vida de cualquier libro, los cuentos que narra a sus hijos sobre aventuras diversas y plenos de una imaginación imparable.

Víctor, el hijo mayor, de catorce años a penas atiende a María y sus cuentos, pues , según él, prefiere la vida de su padre, así que le sigue por todas partes, como un gran peón, ayuda a su padre cuando y como puede.

Hoy en día el cobre se paga a precio de oro, el cobre, ese que las tecnologías y su conducción eléctrica han puesto un precio tan alto, el cobre.

Así que mientras María relata cuentos de oro a sus hijos e hijas, Juan y Víctor van a la búsqueda del ya preciado cobre, no porque quieran montar ninguna planta eléctrica o algo parecido, sino porque Humberto lo paga a precio de oro, así que hoy toca la ardua tarea de subirse a los cables de alta tensión y hacerse con unos trozos de cobre, ese que nos conecta y desconecta a la vez. Nos conecta a la comodidad de un mundo vivido a prisa, aunque nos aleja del mundo natural y de apuros pero primigenio de esta familia gitana.

Anastasia está tocando su piano en casa , y su hermano, Rodrigo, está pegado al ordenador, como un imán, como si de la pantalla saliesen enanos que le absorbieran las pocas ideas que tiene.

Rodrigo y Anastasia, al contrario que Víctor , Santiago , Bárbara y Victoria, los hijos de Juan y María, pertenecen a una familia bien de la ciudad, aunque ahora ya no haya ni siquiera familias bien, al menos sí se puede decir que poseen todo lo material para desarrollarse e incluso tocar el piano, o jugar a videojuegos inútiles en el ordenador.

Juan se despide de María como todas las mañanas, y esta vez Víctor desea acompañarle más que nunca, a la tarea tan obligada de robar cobre, pues está muy bien pagado por Humberto, el prestamista, el usurero , el vendedor, quien blanquea lo negro del poblado achabolado.

María se dispone a dar de desayunar a Juan, pero éste se niega, sabiendo las penurias que pasan y que ayer los niños no cenaron, prefiere alimentar el estómago con un trabajo, antes que dejarse caer en la plácida costumbre del desayuno.

Víctor  apenas come unas galletas, que le dieron a María en un convento de asistencia para personas “desfavorecidas”. Ella le resta importancia a lo de desfavorecidas, pues en su conciencia está el hecho de que quizá los desfavorecidos sean quienes necesiten atiborrarse de esas galletas de un caro supermercado para calmar no ya el hambre sino el hambre de hambre o el ansia  por comer lo que sea para calmar una inquietud interna.

María comienza sus labores caseras o chabolísticas, como se prefiera, pues María es primorosa y le gusta barrer el cuarto común, hacer las camas o los viejos colchones con sábanas de paja y tela de saco. Ya ha dado de desayunar  a Victoria y Bárbara y Santiago, algo a disgusto pues quiere salir también al trabajo con su hermano Víctor, haciéndose así el mayor, pues ha comido las galletas sin ganas y las ha untado en la leche como su padre, es decir, como si no hubiera ni leches ni galletas que comer.

María ha notado la actitud de su hijo Santiago y les ha contado a los niños el cuento de un niño que jamás quería dejar de ser niño, pues ser niño es divertido, uno puede imaginarse lo inimaginable y jugar con esa imaginación a construir castillos o coches incluso bicicletas o lo que uno se imagine; con apenas tres galletas les ha demostrado  cómo hacer una casa.

Así que le ha encomendado otra misión María a su hijo Santiago: “Hoy cuidarás de Victoria” le ha dicho y él, sin saber por qué se ha sentido el niño más feliz, porque tiene una misión en el día de hoy, y porque le gusta entretener a Victoria con su pelota de trapos y jugar al fútbol o enseñarle a jugar con tácticas que ve en cualquier televisor de un centro comercial cercano.

Precisamente a ese centro comercial se dirigen Juan y Víctor. Víctor está hoy muy animado , pues su padre le ha permitido ir con él a por cobre. Cuando se ha despedido de su madre, le ha dicho que cogerá tanto cobre que cubrirá la chabola de él y Humberto morirá de envidia, porque en el fondo es lo que siente, envidia.

Humberto es un señor calvo y regordete, y se dedica a trapichear con lo que sea pero , a pesar de ser un envidioso, pues ve la honradez de María y los trabajos de Juan, y la familia tan maravillosa que forman, a pesar de ello, les aprecia, por eso aconsejó a Juan ir a por cobre.

“¿Cobre?” “¿Dónde encuentro eso?”-preguntaba Juan azorado

“Pues es la fibra interna de cualquier cable , los que llevan alta tensión están más cotizados o valorados, por así decirlo”-le contestó Humberto.

María se preocupa por Juan y Víctor y les prepara un pequeño atisbo de bocadillo para que coman algo por el camino, ambos lo rechazan, ya tendrán tiempo de esas florituras más tarde.

Mientras María canta para sus hijos canciones robadas a la misma reina mora, con una voz especial, una voz que no es ni grave ni aguda, sino en un tono constante de perfecta armonía, Juan y Víctor van camino del cobre.

Y ahí está ante ellos unos cables enormes, de alta tensión en los que se puede leer “peligro” pero que ninguno de los dos acierta a descifrar, pues no saben leer. Han llevado consigo la escalera de madera, menos mal, porque lo que Humberto dice que lo que recubre el cobre se encuentra a una altitud vertiginosa. Por una parte Juan se alegra que Víctor haya ido con él pues así podrá escalar más fácilmente la base de ese enjambre cableado.

Juan no sabe muy bien la técnica de robar cobre, pero se imagina que todo está lleno de electricidad, así que le advierte bien al pequeño Víctor que , bajo ningún concepto toque nada.

Bárbara mientras juega con Santiago y Victoria a un juego que esta ha inventado, tiene que correr por la explanada delante de la chabola y cada vez que pase una paloma, intentar cazarla o cuando menos asustarla.

Y es que en el poblado de chabolas, las palomas van y vienen como quieren, pues hay espacio suficiente y no edificios tan altos como en la gran ciudad gris.

María no les quita la mirada de encima, mientras lava la ropa en el río de aguas casi residuales que cruza el asentamiento.

Víctor ha logrado subir a lo más alto de la torre de alta tensión y su padre, cauto, le grita que no toque nada. Él asustado ante la situación a penas es capaz de sostenerse, como para tocar semejante batiburrillo cableado. Cuando Juan le alcanza con la escalera, se va dando cuenta que su hijo está ya muy crecido, apenas le ha costado unos minutos subir, lo que a él le ha costado casi diez minutos.

Juntos van cortando trozos de cable con unas tijeras especiales que Humberto le prestó para la tarea, pues él quiere cobre, no dos cadáveres.

Ploff, ploff , los cables van cayendo vertiginosamente y , una vez recogidos, Juan y Víctor van hacia la chabola.

En ese momento, en la ciudad sucede algo insólito pero lógicamente calculado, en casa de Rodrigo y Anastasia la luz se ha apagado. Y no sólo la luz, sino todos los electrodomésticos, el piano digital y el ordenador. Se han quedado a oscuras y están atemorizados pues a penas entran dos rayos de luz por la ventana acortinada hasta la saciedad, como queriendo proteger a los del interior de cualquier inmundo exterior.

Tras el primer susto, Anastasia enciende una vela y Rodrigo , no deja de quejarse y no poner solución alguna, sino estorbar más si cabe. Anastasia se pregunta cómo se ha podido ir la luz, ahora que estaba en lo más interesante de su aprendizaje pianístico. Llama a los vecinos, pero todos tienen luz. Debe ser un apagón de vuestro contador eléctrico, le explica una vecina que se ofrece  a ayudarles. Pero tras encender y apagar el contador central, nada sucede, la penumbra lo inunda todo así que la vecina, les invita a que pasen a su casa. Rodrigo al principio se niega, tan altanero y orgulloso, pero Anastasia accede encantada y la vecina, Mariam, Rodrigo y Anastasia comienzan a conversar sobre qué ha podido suceder, ante tal apagón. Mariam, que es mayor, les cuenta historias de brujas y de encantamientos, Anastasia escucha encantada y Rodrigo piensa que la vecina chochea.

Juan y Víctor llegan donde Humberto, al llegar, Juan dice a Víctor que se quede en la entrada de la chabola de Humberto. Éste, al ver la cantidad de cableado robado , se queda algo estupefacto, pero disimula , como si no fuera para tanto y comienza a regatear su precio con Juan. Él sabe el truco perfecto para llegar al corazoncito de Humberto, y sacarle el precio justo. “Mira, Humberto, no tengo ni el estómago ni el ánimo para discutir contigo sobre precios, dame lo justo y se acabó” Humberto cede ante la petición y da quinientos euros como quinientos soles a Juan. Éste asombrado por la cantidad , vuelve junto a Víctor para dirigirse ambos a su hogar tan contentos.

Humberto se despide, no sin antes recordarles que no desea más cobre, que es un trabajo peligroso y ambos podrían morir.

Y es que en la jerga gitana no existen las metáforas, ni las expresiones dichas a medias, sino que al pan pan y al vino vino y las cosas se dicen como se deben decir, de frente.

María al ver el dinero, piensa qué hacer con él, es mucho y deben ahorrarlo para seguir “sobreviviendo”. Así que decide ir al mercado de las monjitas para comprar lo fundamental, las galletas, la leche, algo de carne, pescado , arroz y legumbres.

Cuando llegan los padres de Rodrigo y Anastasia a casa y la ven sin luz e inhabitada, casi les da un soponcio, pero al llamar por el móvil a su hija esta les cuenta lo sucedido y que están en casa de Mariam, la vecina. Ninguno sabía que tenían una vecina llamada Mariam, ni tampoco que contase historias tan fantásticas, pero tras llamar al electricista y poner un generador nuevo en el contador de la luz, todos vuelven contentos  a sus quehaceres.

Nadie da parte  a la policía, pues les parece algo rarísimo aunque el electricista, que sabe lo que en realidad pudo suceder, así lo aconseja.

Y vuelve la policía al poblado, ya conocen a Humberto así que se dirigen a su chabola y le piden explicaciones. Éste, asustado por una pena de cárcel pero incapaz de confesar dice no saber nada de dónde proviene el cobre que han encontrado en la chabola, y al no haber denuncia, todo sigue igual que antes.

Es curioso cuando menos cómo un cable puede apagar la vida cotidiana de dos jóvenes que viven enchufados, llegar  a conocer su entorno y, sin embargo, unos niños gitanos poder comer durante un mes casi. Un cobre que cubre los gastos mensuales de María y su familia y, sin embargo sobrellena de estupideces la vida de Anastasia y Rodrigo. Un hilo que a unos les sirve para sobrevivir y a otros para disimular su malvivir con penurias de antojo.

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