Diario de un naufrago

Vacaciones. Ante esta palabra todos reaccionamos de forma positiva, entusiasmada, y con envidia por quien las tiene. Yo no tengo vacaciones, tengo un contrato de edición con una empresa qatarí indefinidamente, así que trabajo todos los días, a media jornada, pero trabajo. Sin embargo, en la época estival nos trasladamos a un pueblo del sur de España, desde el frío y lluvioso norte. El pueblo tiene playa, una playa de piedras que se incrustan hasta los tuétanos. Pero tiene mar, playa. Un mar con medusas, pero no deja por ello de ser un mar. Es un mar azul, cómo iba a ser si no. Pero tiene una barquita, que se llama La Truhana, que me arrebata. Tiene en la proa una cruz verde, verde esperanza, y es azul y blanca de una madera cada año más roída, pero tiene su encanto. Cada año , llevamos ya unos cuatro años viniendo, me prometo no volver, sin embargo, sin saber porqué, vuelvo. Quizá sea la barquita o el aburrimiento en la ciudad fría del norte o simplemente que amo a mis padres y deseo seguirles a todas partes, como si fuese una niña. Sin embargo disto mucho de ser una niña, ya casi rozo la cuarentena. Para muchos esto resultará raro, raro , raro. La vida, o la ingravidez que le he conferido, hacen que aún tenga mucho , mucho que aprender o quizá demasiado he aprendido ya y sólo tenga que lanzarme a la vida, lo que cómo no, me asusta.

Recuerdo cómo un profesor en el colegio nos hablaba de tomar decisiones, yo tuve la impresión que eso, el tomar decisiones se me iba  dar mal y no estaba para nada confundida. Tuve , con dieciocho años una enfermedad importante, y desde entonces renqueo en esta vida, me arrastro como un naufrago que se ha abandonado hasta  a sí mismo.

Así que , aburrida de estas “vacaciones” pero con la esperanza de que sirvan para algo he comenzado este relato. Como todo lo que en el mar navega sin destino ni por qué, sin rumbo ni decisión tomada no sé dónde acabará este relato, espero, al menos sirva para algo, aunque sea para dejar la ingravidez de esta vida.

Cuando llegamos al pueblecito, nos instalamos en una urbanización en la playa, no hice más que ir y venir frenéticamente al pueblo, que está a una media hora andando de dónde vivimos. El piso está bien, es cómodo y tengo una habitación para mí. Tiene una amplia terraza y sobre todo, lo que más aprecio es la luminosidad, la luz, el sol, vamos, el sol siempre brillante y reluciente, como una   estrella que jamás se rinde y puede con todo.

Anduve tanto que me empezaban a doler las piernas, así que dejé mi vagar por el pueblo para acabar echando la siesta.

Los primeros días que llegamos el viento de poniente arreciaba y lo hacía de una forma espantosa, inaguantable y escandalosa. Como era de esperar, sobrevivimos al temporal, o quizá el temporal hizo mella en mi, deseando volver a casa lo antes posible.

Así que aquí estoy, como un naufrago en un paisaje precioso, aunque el paisanaje deje mucho que desear.

Quizá no falle tanto el paisaje o el paisanaje sino yo  misma. Quizá sea mi posición no tan positiva ante la vida lo que me haga desteñir en ella. Y es que a veces siento que destiño, que no pego con el paisaje  o paisanaje, simplemente porque no me encuentro a mí misma. La vida, supongo es una búsqueda constante de un ser mismo en continuo cambio y movimiento, aún así sólo sé que no me conozco o me conozco tan poco que temo. Temo no ser como esos grandes trabajadores.

Hace dos días murió el abuelo de una gran amiga. Con él ha quedado en mí una impronta de admiración hacia él y un sentimiento de rareza. Ya no le veré más, ya no charlaré con él. Aún así soy un poco hipócrita, no sé , no me siento tan buena persona o consecuente con mis pensamientos. Soy muy egoísta, de un egoísmo exacerbado y de hecho no es oro todo lo que reluce. Y lo digo porque siempre queremos ver lo perfecto de todo, sin embargo de imperfecciones estoy llena. Es una de esas personas que te dejan una huella, era un niño sonriente atrapado en el cuerpo de un anciano. Su ilusión y alegría las recordaré de por vida.

Quizá, cuando traduzco sobre esa gente tan importante, sobre sus grandes hazañas profesionales , quizá sienta envidia. Pero supongo que es una envidia contaminada por el ambiente, el ambiente de éxito en esta vida, de tener éxito material y olvidarnos de la tranquilidad espiritual. Porque muchas veces vale más dormir tranquila que tener una gran responsabilidad.

He estado hablando  ahora con  mi hermana. Mi hermana es práctica , sabe ver el lado positivo de las cosas y es una luchadora nata. Pero no le quiero por eso, le quiero simplemente porque si no fuera todo lo que es, la querría igual. Me he reído mucho con ella y hemos llegado a la conclusión que Cristóbal Colón sufrió bullying. Jajajaj. Entre otras muchas disparatadas conclusiones.

Lo que más me admira de ella es cómo se adapta a todo, el “lo que no te mata te hace más fuerte” y, en fin es una mujer encantadora, aunque me sorprende que diga eso yo, pero la admiro sí la admiro porque sabe conformarse con lo que hay, yo muchas veces no.

La vida es sorprendente, siempre sorprende.

Ya no me siento tan naufrago, sino más bien un pez en el agua. Estoy descansando de todo, hasta de amistades, si es que es posible. Mi vida social se resume en ir a por tomates al quiosco y charlar con el de las hamacas.

Esta sequía social hace que me pregunte muchas cosas, como por ejemplo, el valor de una acertada palabra dicha a tiempo. Lo demás es palabrería. Palabras que no llegan a nada, que se pierden en el aire estúpido de querer decir nada diciendo todo , de no decir nada relevante o desde el corazón.

De todas formas, por razones que aquí son extensas para desarrollar soy una hipócrita.

Desvivirse y no ser protagonista, sino hacer que todo vaya no a tu centro sino para con los demás. Es difícil , difícil para mi hipócrita egoísmo , pero algo lograré.

Y sí he sobrevivido al naufragio, creo

 

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